Muchos padres me explican algo parecido.
Intentan hablar con sus hijos sobre lo que les preocupa, sobre cómo se sienten o sobre algo que ha ocurrido en el colegio, y la conversación termina en pocos segundos.
— No pasa nada.
— Bien.
— No lo sé.
Y, sin embargo, tienen la sensación de que sí está pasando algo.
A veces pensamos que hablar de emociones consiste en hacer las preguntas adecuadas. Pero con los niños no siempre funciona así. En muchas ocasiones necesitan algo diferente: tiempo, acompañamiento y la sensación de que pueden hablar sin sentirse presionados.
También es importante tener en cuenta que la forma de acercarse a estas conversaciones cambia mucho con la edad.

Muchas conversaciones importantes surgen en momentos cotidianos, cuando los niños se sienten tranquilos y acompañados.
Cuando son pequeños: poner palabras a lo que todavía no saben explicar
Los niños pequeños sienten emociones muy intensas, pero todavía tienen pocos recursos para entenderlas y explicarlas.
Por eso suele ser más útil ayudarles a poner nombre a lo que les ocurre que pedirles que lo hagan solos.
A veces basta con decir:
«Parece que te has enfadado porque querías seguir jugando.»
o
«Creo que te ha dado pena marcharte.»
No se trata de adivinar exactamente lo que sienten, sino de ayudarles a construir un lenguaje emocional.
A estas edades también suele ser más fácil conectar a través del juego, de los cuentos o de situaciones cotidianas que mediante conversaciones formales.
Entre los 6 y los 10 años: empezar a pensar juntos
Durante estos años los niños empiezan a comprender mejor lo que sienten, aunque muchas veces todavía les cuesta organizarlo.
A menudo las preguntas demasiado generales no ayudan demasiado. Cuando preguntamos «¿Qué tal el cole?», es fácil obtener un simple «bien» como respuesta.
En cambio, preguntas más concretas como «¿Qué ha sido lo mejor de tu día?», «¿Ha habido algo que te haya preocupado?» o «¿Qué ha sido lo más difícil hoy?» suelen abrir conversaciones mucho más interesantes.
Algunos niños responden rápidamente cuando se les pregunta. Otros necesitan rodear un poco más el tema.
Por eso, a menudo funcionan mejor las conversaciones indirectas que las preguntas demasiado directas.
Hablar de algo que ha pasado en el colegio, de un personaje de una película o de una situación vivida por otro niño puede ayudarles a expresar cosas propias sin sentirse expuestos.
Y no siempre hace falta sentarse a tener «la conversación». Muchas veces los mejores momentos aparecen solos: en el coche, durante la cena, paseando o cuando ya están acostados y el día empieza a bajar de intensidad.
Cuando llega la adolescencia
La adolescencia suele poner a prueba la paciencia de muchos padres.
Hay chicos que siguen explicándolo todo. Pero también hay otros que se vuelven más reservados y parecen necesitar una parcela de intimidad mucho mayor.
Eso no significa que ya no necesiten a sus padres.
Lo que suele cambiar es la manera en que buscan apoyo.
A veces lo más útil no es insistir para que hablen, sino transmitir que estamos disponibles.
«No hace falta que me lo cuentes ahora. Si en algún momento quieres hablar, aquí estoy.»
Parece una frase sencilla, pero muchas veces resulta más eficaz que una larga lista de preguntas.
Sentirse comprendidos suele abrir más puertas que sentirse interrogados.
También puede ayudar compartir alguna experiencia propia cuando tiene sentido hacerlo. No para dar consejos ni para demostrar que sabemos exactamente cómo se sienten, sino para transmitirles que todos hemos pasado por momentos de duda, inseguridad o preocupación.

Los adolescentes siguen necesitando espacios de escucha y acompañamiento, aunque no siempre expresen sus emociones de forma directa.
Lo que suele ayudar a cualquier edad
Si hay algo que he aprendido trabajando con niños y adolescentes es que las emociones aparecen con más facilidad cuando las personas se sienten escuchadas.
Los niños no siempre necesitan que les solucionemos el problema.
Tampoco necesitan que les convenzamos rápidamente de que todo irá bien.
Muchas veces necesitan algo más sencillo.
Sentir que hay alguien intentando comprender lo que les ocurre.
Y, aunque parezca poca cosa, suele ser el mejor punto de partida para cualquier conversación.
Si te interesa este tema, también puedes leer los artículos «Mi hijo no me cuenta lo que le pasa» y «¿Por qué cambia la forma de expresar las emociones a medida que los niños crecen?», donde profundizo en cómo se manifiesta el malestar emocional durante la infancia y la adolescencia.
